24.9.09

Sobre la condena inefable

“Finitud”, “singularidad”, “angustia”, “desesperación”, “ser-para-la-muerte” son palabras que connotan la preocupación del pensamiento contemporáneo por la futilidad de nuestra humana condición. Estos temblores sacudieron el templo más o menos aséptico que intentó construir la modernidad, enfrascada en la utopía del progreso indefinido, la ciencia salvadora y el sentido del deber impulsor de un futuro mejor.

Desde Descartes, pasando por Kierkegaard y Hiedegger la conciencia inefable de la muerte ha ido cobrando fuerza en nuestros tiempos al poner de manifiesto la contingencia de nuestro ser. También Freud en “Más allá del principio del placer”, nos advierte sobre la pulsión tanática que nos impele a repetir acciones tendientes a la destrucción y la autoagresión. Y si bien en lo cotidiano de nuestras vidas opera la defensa reprimiendo nuestros miedos más básicos, hay quienes resultan invadidos más a menudo por los monstruos del inconciente que amenazan nuestra estabilidad emocional.

Los locos sabemos de esto y somos muchos más que los diagnosticados. Como en la mayoría de los rubros habemos de los más variados, los estabilizados, los subdiagnosticados, los artistas, los profetas, los buenos, los malos, los de chaleco –físico o químico-, los místicos, los desquiciados y sabe quién cuántos más. Pero todos con una verdad hecha carne y alguna riqueza que descubrir. Sólo es cuestión de atreverse a mirar y por qué no a cuestionar y ensanchar quizá nuestro universo de ideas preconcebidas.

Pero la condena inefable es más universal, no recae exclusivamente sobre los locos sino, tarde o temprano, sobre todos los mortales.

Tarde o temprano… ¡Si al menos fuera una opción!

Recuerdo cuando comprendí por primera vez que yo también era mortal. De niño mi madre me llevaba periódicamente al cementerio. La visita me parecía normal. Intuía apenas la tragedia que aquello escondía. Pero una vez, atravesando fortuitamente la evitada parte en decadencia de la necrópolis tomé conciencia que las paredes de aquellas largas y antiguas galerías ocultaban cientos de historias de vidas pasadas. Era muy pequeño, no recuerdo la edad, lo que nunca podré olvidar es que ese día sentí con horror por vez primera que aquello también algún día me sucedería a mi. Lo supe en la carne. Ese fue el modo en que tomé conciencia de la vida.

A juzgar por los que estaban allí, nunca parecía demasiado temprano. Pero ¿es que no hay un límite, un plazo mínimo asegurado al menos mientras uno es un niño? Menos mal que mi madre matizaba la terrible historia del angelito muerto por hurgar en la cocina mientras su progenitora estaba hirviendo aceite en cantidades ingentes –según imaginaba yo aquella cacerola propia de un ejército de campaña- con el místico consuelo de que aquel niño ahora era un ángel pues los niños cuando mueren van directo al cielo y se transforman en angelitos blancos y rubios. Claro que no podía satisfacer todas mis dudas, supongo porque además de encontrarme en la filosófica etapa infantil de los porqués -que en mi caso particular acusan fue tanto o más dura e insistente que la misma inquisición - me interesaba particularmente conocer hasta qué edad precisa los niños que morían se convertían “ipso facto” en bellos ángeles de Dios. Está claro cuáles eran la madre y el niño más próximos que yo tenía a mano por entonces para recrear aquella trágica historia… pero no caería en la propia trampa tan fácilmente.

El nicho se veía ya bastante viejo con lo cual la historia se ambientaba en mi imaginación unos 50 años atrás y los personajes eran en blanco y negro, incluso ni siquiera me permitía alucinaciones auditivas, la escena era como de cine mudo. El sonido podía ser demasiado desestructurante y de algún modo ya lo intuía. Y no sé yo si por aquello de no tener demasiadas garantías sobre la edad límite para acceder sin juicio previo de difunto a ángel o por el temor a enfadar a mi cocinera madre, que opté por quedarme plenamente satisfecho con mi situación actual. Sin dudas, era yo un niño afortunado.

Y aunque la edad de los porqués de la infancia hace tiempo que quedó atrás, aún me sigo preguntando y creyendo vanamente que si bien es cierto que tarde o temprano…por ahora no. Pero ¿hasta cuándo me dará resultado este mecanismo evasivo, quizá el más alienante que exista? Prefiero no saberlo, o lo que es lo mismo, apelar al resto de cordura que todos los locos conservamos, de otro modo no seríamos locos sino suicidas consumados.

¿No es así Pizarnik?

Si tan sólo la Paz de Octavio, tu amigo, hubiera podido hacer magia con su realismo de tu delirio surrealista.

Quizá Artaud te hirió de muerte con sus malditos poemas, infectando tu carne con la locura de hacer de tu cuerpo el cuerpo de la poesía.

Como sea, yo SOLAMENTE, como Alejandra digo:

“ya comprendo la verdad

estalla en mis deseos
y mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios
ya comprendo la verdad
ahora
a buscar la vida”

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