27.8.09

28.08.09

Benito sabía que Raimunda, en sus años mozos previos a su ingreso al convento, había leído Las Confesiones de Agustín de Hipona, un compilado de textos de su juventud que la subyugó al punto de convertirlo en su libro de cabecera. Dichos textos lograron interpelarla de tal modo que desataron en ella una desbordada pasión, a la que El Erudito Benito sabiamente calificó como “amor platónico”. Un amor místico que sostuvo viva la llama de la pasión en la religiosa, quizá precisamente por no haber sido jamás consumado.

El Erudito conocía muy bien la obra de Platón y la influencia de los neoplatónicos en el pensamiento agustiniano. Y si bien tenía muchos reparos respecto al bautismo de las ideas del fundador de la academia por parte de Agustín -como en general de todos los teólogos de la edad media que usaron a la filosofía como sierva de la teología- su erudición sobre estas cuestiones explica quizá la admiración que Sor Raimunda profesaba por Benito, hecho que la Prof. Ciencias de la E., asesorada por la Psico P. del instituto en el que trabajaba antes de su ingreso al Cotolengo, había calificado como una transferencia anacrónica próxima a un delirio místico, considerando que Raimunda se refería a Benito como El Sr. Teólogo y a Agustín como su confesor y director espiritual, sin dudar jamás de sus “iluminaciones”, como llamaba ella a los soliloquios que plasmaba por escrito en su cuaderno espiritual, una suerte de diario íntimo. En esta suerte de confesiones literarias, Raimunda plasmaba ciertos interrogantes más o menos místicos, a lo cuales respondía ella misma transcribiendo párrafos enteros de Las Confesiones y de La Ciudad de Dios contra los paganos, dos de las obras sobresalientes del obispo de Hipona.

Por otro lado, su investidura episcopal, su beatificación pedida por aclamación popular, como su título de Padre y Doctor de la Iglesia, le conferían sobrada autoridad para la religiosa o, tal vez, cierto “brillo fálico”, como diría la misteriosa Psico P lacaniana que solía consultar su hermana biológica –La Señorita de la E-, lo cual podría explicar, de acuerdo a su análisis, la exacerbación de la devoción de Raimunda, consagrada en cuerpo y alma al servicio de los necesitados.

Esta afirmación, a Benito –que como buen agnóstico y relativista dudaba de todo- le parecía demasiado taxativa, casi como cualquier dogma, con lo cual se abstuvo de ratificar o rectificar dicha interpretación.

Para El Erudito, la explicación de la cólera de Raimunda desatada ante el episodio protagonizado con su hermana obedecía a una razón más sencilla: el típico conflicto interior que experimentaron a lo largo de la historia muchos pensadores al intentar conjugar razón y fe, puesto que Raimunda desde su ingreso al cotolengo se debatía entre adoptar una actitud más ecuménica y sostener a rajatabla la ortodoxia de su credo.

De todos modos y más allá de estas especulaciones Benito optó como casi siempre por no intervenir. Después de todo ya sabía que sería pasajero y el extraño modo en que se resolvería, lo cual nunca logró explicar.

Como cada vez que se desataba un conflicto en el Cotolengo, el propio Mengano, atado de pies y manos ante sus propios huéspedes, mediaba señalando con el tercer dedo erecto de su pie derecho hacia arriba. Cuando esto sucedía, los menganos en silencio reverencial, miraban hacia el cielo esperando la intercesión de Su Agustísima que, ocasionalmente y cuando era menester, se les aparecía de noche, como en sueños. Es que la vida en el cotolengo se desarrollaba al revés. Los menganos, como la fulana esta del cantautor Ortega “salen de noche y duermen de día.”

Entonces se producía lo que la PsicoP. había diagnosticado como un fenómeno de alucinación colectiva. Los menganos veían aparecer entre las estrellas la imagen de la Santísima Dualidad, cual ícono que representaba a Su Augustísima y a su espíritu creativo, el Psicoarte. Lo curioso del fenómeno es que todos aseguraban oir la misma voz proveniente del más allá.

En esa ocasión Su Augusta Creatividad, en su inefable sabiduría y haciendo uso de su característico lenguaje metafórico, exclamó:

“El blanco y el negro son opuestos pero complementarios. Sin oscuridad no hay luz y en esta se conjugan todos los colores. La creatividad no tiene límites. El desafío es combinarlos en la obra de modo que como figura o fondo se destaquen e integren.”

Y colorín colorado, el conflicto se dio por terminado.

19.8.09

Sobre Benito, el Renegado Erudito

El erudito es el mote por el que se lo identifica aunque él jamás se identificó con semejante epíteto pretencioso.

Ciclotímico y obsesivo como es, la duda es su motor inmóvil que al modo del dios aristotélico mueve y remueve a quienes entran en contacto con él, sin ser sustancialmente movido. Víctima de la paradoja de la duda, se debate permanentemente entre la búsqueda y la parálisis. Duda que excepto leer, pensar, escribir e impartir cátedra no le permite hacer mucho más. Pero de la cual, no obstante se declara su acérrimo defensor en tanto considera que lo pone a salvo de los dogmatismos. Fanático de nada, el Erudito es una suerte de agnóstico melancólico de la sensación de seguridad que suele conferir la fe. Cuando es interrogado acerca de su religión aduce que casi siempre adhiere a ninguna aunque esporádicamente a todas. Pareciera que este particular sincretismo le viene dado más por haber leído al filósofo y psicoanalista renegado Erich Fromm acerca de la necesidad religiosa del hombre más que por creencia genuina en alguna. Pareciera que el Erudito, al modo de Comte, se dio a la tarea de construir su propia religión pero sin endiosar tampoco a la razón.

El método de invesigación del erudito es asistemático y su producción intencionalmente ecléctica. Y aunque por honestidad intelectual y principios éticos profesionales tiende a defender la coherencia y a diferenciar eclecticismo de caos, con los años y sus experiencias existenciales que cobraron nuevo sentido a partir de incursionar en la teoría del caos, le fue perdiendo el miedo al devenir más o menos azaroso de sus elucubraciones y a volverse más tolerante con la humana contradicción.

El Erudito es básicamente un ermitaño que sólo interactúa con sus libros, sus reflexiones, sus textos y ocasionalmente con algunos humanos. Por ejemplo, de vez en cuando responde a alguna pregunta de sus alumnos. Porque a diferencia de la didáctica participativa y supuestamente democrática postulada por la Profesora Ciencias de la E., el Erudito imparte cátedra. Y si, en ocasiones, predica. Y lo hace porque puede. Y como es de esperar despierta ambivalencia; sus alumnos lo admiran y lo detestan. Su fama de genio loco lo ampara y su profunda comprensión de la impredecible naturaleza humana lo autoriza y avala. Y aunque sus clases suelen ser amenas, ocurrentes y en ocasiones hasta divertidas, el Erudito impone una respetuosa distancia. Siendo consciente de que su seriedad impone cierto temor reverencial, valora la autenticidad de quienes le dirigen la palabra y por piedad ignora a sus aduladores.

Sobre el 8 como Número Maestro

El Teólogo, como llamaba Sor Raimunda al Erudito Benito, interpretó que esta determinación cuasi dogmática era correcta, primero porque obedecía a una justificación tan fortuita como cualquier otra, y en su teoría del caos esto tenía sentido y porque, si se quería, el 8 en el libro sacro más vendido en la historia, simbolizaba la superación del pleroma, esto es de la plenitud del 7. Siete son muchas cosas dijo el Erudito que ahora mismo doy por supuestas porque no tengo ganas de explicar. Me detendré sin embargo algo en el 8, para complejizar el panorama. Dicho sea de paso, el paradigma de la complejidad moriniano me resulta atractivo aunque un tanto utópico, aclaró. Aunque si no fuera por la utopía de los franceses no podríamos comprender el terrorismo de estado, dijo como hablándose a sí mismo.
El ocho representa en la versión neotestamentaria de la historia de la salvación nada más ni nada menos que el cumplimiento de la promesa mesiánica. El redentor resucitó el primer día de la semana, es decir un domingo en el calendario telúrico, que vuelto sobre sí o recapitulado es un 8. “El que pueda entender que entienda”, recordó cual cita la sentencia del resucitado. Comienzo y Final. Principio y Fin. Alfa y Omega, lo que más les guste, aclaró. A su vez el ocho es el símbolo bidimensional de la Cinta de Moebius que viene a ejemplificarnos cómo en definitiva adentro y afuera son lo mismo. Todo depende de la óptica, es decir, de la perspectiva con que se lo mire. Más de lo mismo.
Y la tercera razón –el Erudito tenía una obsesión confesa por los tríos- es porque sí, porque el 8 me gusta y punto. Una justificación tan caprichosa como cualquier otra, como si decidiera en función de las líneas de mis manos.
Tras la exposición la comunidad permaneció en silencio. Sólo Sor Raimunda cuya fascinación era inversamente proporcional a su entendimiento respecto a la intervención del Sr. Teólogo, rompió el clima reflexivo al grito de vivas y estruendosos aplausos, acompañados por la gran emoción emanada a través de todo su lenguaje corporal.

13.8.09

"Hormigas trabajando,
pasar por otro lado,
mirar la caravana
y no molestar"
Carlitos Balá