Benito sabía que Raimunda, en sus años mozos previos a su ingreso al convento, había leído Las Confesiones de Agustín de Hipona, un compilado de textos de su juventud que la subyugó al punto de convertirlo en su libro de cabecera. Dichos textos lograron interpelarla de tal modo que desataron en ella una desbordada pasión, a la que El Erudito Benito sabiamente calificó como “amor platónico”. Un amor místico que sostuvo viva la llama de la pasión en la religiosa, quizá precisamente por no haber sido jamás consumado.
El Erudito conocía muy bien la obra de Platón y la influencia de los neoplatónicos en el pensamiento agustiniano. Y si bien tenía muchos reparos respecto al bautismo de las ideas del fundador de la academia por parte de Agustín -como en general de todos los teólogos de la edad media que usaron a la filosofía como sierva de la teología- su erudición sobre estas cuestiones explica quizá la admiración que Sor Raimunda profesaba por Benito, hecho que la Prof. Ciencias de la E., asesorada por la Psico P. del instituto en el que trabajaba antes de su ingreso al Cotolengo, había calificado como una transferencia anacrónica próxima a un delirio místico, considerando que Raimunda se refería a Benito como El Sr. Teólogo y a Agustín como su confesor y director espiritual, sin dudar jamás de sus “iluminaciones”, como llamaba ella a los soliloquios que plasmaba por escrito en su cuaderno espiritual, una suerte de diario íntimo. En esta suerte de confesiones literarias, Raimunda plasmaba ciertos interrogantes más o menos místicos, a lo cuales respondía ella misma transcribiendo párrafos enteros de Las Confesiones y de La Ciudad de Dios contra los paganos, dos de las obras sobresalientes del obispo de Hipona.
Por otro lado, su investidura episcopal, su beatificación pedida por aclamación popular, como su título de Padre y Doctor de la Iglesia, le conferían sobrada autoridad para la religiosa o, tal vez, cierto “brillo fálico”, como diría la misteriosa Psico P lacaniana que solía consultar su hermana biológica –La Señorita de la E-, lo cual podría explicar, de acuerdo a su análisis, la exacerbación de la devoción de Raimunda, consagrada en cuerpo y alma al servicio de los necesitados.
Esta afirmación, a Benito –que como buen agnóstico y relativista dudaba de todo- le parecía demasiado taxativa, casi como cualquier dogma, con lo cual se abstuvo de ratificar o rectificar dicha interpretación.
Para El Erudito, la explicación de la cólera de Raimunda desatada ante el episodio protagonizado con su hermana obedecía a una razón más sencilla: el típico conflicto interior que experimentaron a lo largo de la historia muchos pensadores al intentar conjugar razón y fe, puesto que Raimunda desde su ingreso al cotolengo se debatía entre adoptar una actitud más ecuménica y sostener a rajatabla la ortodoxia de su credo.
De todos modos y más allá de estas especulaciones Benito optó como casi siempre por no intervenir. Después de todo ya sabía que sería pasajero y el extraño modo en que se resolvería, lo cual nunca logró explicar.
Como cada vez que se desataba un conflicto en el Cotolengo, el propio Mengano, atado de pies y manos ante sus propios huéspedes, mediaba señalando con el tercer dedo erecto de su pie derecho hacia arriba. Cuando esto sucedía, los menganos en silencio reverencial, miraban hacia el cielo esperando la intercesión de Su Agustísima que, ocasionalmente y cuando era menester, se les aparecía de noche, como en sueños. Es que la vida en el cotolengo se desarrollaba al revés. Los menganos, como la fulana esta del cantautor Ortega “salen de noche y duermen de día.”
Entonces se producía lo que la PsicoP. había diagnosticado como un fenómeno de alucinación colectiva. Los menganos veían aparecer entre las estrellas la imagen de la Santísima Dualidad, cual ícono que representaba a Su Augustísima y a su espíritu creativo, el Psicoarte. Lo curioso del fenómeno es que todos aseguraban oir la misma voz proveniente del más allá.
En esa ocasión Su Augusta Creatividad, en su inefable sabiduría y haciendo uso de su característico lenguaje metafórico, exclamó:
“El blanco y el negro son opuestos pero complementarios. Sin oscuridad no hay luz y en esta se conjugan todos los colores. La creatividad no tiene límites. El desafío es combinarlos en la obra de modo que como figura o fondo se destaquen e integren.”
Y colorín colorado, el conflicto se dio por terminado.
El Erudito conocía muy bien la obra de Platón y la influencia de los neoplatónicos en el pensamiento agustiniano. Y si bien tenía muchos reparos respecto al bautismo de las ideas del fundador de la academia por parte de Agustín -como en general de todos los teólogos de la edad media que usaron a la filosofía como sierva de la teología- su erudición sobre estas cuestiones explica quizá la admiración que Sor Raimunda profesaba por Benito, hecho que la Prof. Ciencias de la E., asesorada por la Psico P. del instituto en el que trabajaba antes de su ingreso al Cotolengo, había calificado como una transferencia anacrónica próxima a un delirio místico, considerando que Raimunda se refería a Benito como El Sr. Teólogo y a Agustín como su confesor y director espiritual, sin dudar jamás de sus “iluminaciones”, como llamaba ella a los soliloquios que plasmaba por escrito en su cuaderno espiritual, una suerte de diario íntimo. En esta suerte de confesiones literarias, Raimunda plasmaba ciertos interrogantes más o menos místicos, a lo cuales respondía ella misma transcribiendo párrafos enteros de Las Confesiones y de La Ciudad de Dios contra los paganos, dos de las obras sobresalientes del obispo de Hipona.
Por otro lado, su investidura episcopal, su beatificación pedida por aclamación popular, como su título de Padre y Doctor de la Iglesia, le conferían sobrada autoridad para la religiosa o, tal vez, cierto “brillo fálico”, como diría la misteriosa Psico P lacaniana que solía consultar su hermana biológica –La Señorita de la E-, lo cual podría explicar, de acuerdo a su análisis, la exacerbación de la devoción de Raimunda, consagrada en cuerpo y alma al servicio de los necesitados.
Esta afirmación, a Benito –que como buen agnóstico y relativista dudaba de todo- le parecía demasiado taxativa, casi como cualquier dogma, con lo cual se abstuvo de ratificar o rectificar dicha interpretación.
Para El Erudito, la explicación de la cólera de Raimunda desatada ante el episodio protagonizado con su hermana obedecía a una razón más sencilla: el típico conflicto interior que experimentaron a lo largo de la historia muchos pensadores al intentar conjugar razón y fe, puesto que Raimunda desde su ingreso al cotolengo se debatía entre adoptar una actitud más ecuménica y sostener a rajatabla la ortodoxia de su credo.
De todos modos y más allá de estas especulaciones Benito optó como casi siempre por no intervenir. Después de todo ya sabía que sería pasajero y el extraño modo en que se resolvería, lo cual nunca logró explicar.
Como cada vez que se desataba un conflicto en el Cotolengo, el propio Mengano, atado de pies y manos ante sus propios huéspedes, mediaba señalando con el tercer dedo erecto de su pie derecho hacia arriba. Cuando esto sucedía, los menganos en silencio reverencial, miraban hacia el cielo esperando la intercesión de Su Agustísima que, ocasionalmente y cuando era menester, se les aparecía de noche, como en sueños. Es que la vida en el cotolengo se desarrollaba al revés. Los menganos, como la fulana esta del cantautor Ortega “salen de noche y duermen de día.”
Entonces se producía lo que la PsicoP. había diagnosticado como un fenómeno de alucinación colectiva. Los menganos veían aparecer entre las estrellas la imagen de la Santísima Dualidad, cual ícono que representaba a Su Augustísima y a su espíritu creativo, el Psicoarte. Lo curioso del fenómeno es que todos aseguraban oir la misma voz proveniente del más allá.
En esa ocasión Su Augusta Creatividad, en su inefable sabiduría y haciendo uso de su característico lenguaje metafórico, exclamó:
“El blanco y el negro son opuestos pero complementarios. Sin oscuridad no hay luz y en esta se conjugan todos los colores. La creatividad no tiene límites. El desafío es combinarlos en la obra de modo que como figura o fondo se destaquen e integren.”
Y colorín colorado, el conflicto se dio por terminado.