El erudito es el mote por el que se lo identifica aunque él jamás se identificó con semejante epíteto pretencioso.
Ciclotímico y obsesivo como es, la duda es su motor inmóvil que al modo del dios aristotélico mueve y remueve a quienes entran en contacto con él, sin ser sustancialmente movido. Víctima de la paradoja de la duda, se debate permanentemente entre la búsqueda y la parálisis. Duda que excepto leer, pensar, escribir e impartir cátedra no le permite hacer mucho más. Pero de la cual, no obstante se declara su acérrimo defensor en tanto considera que lo pone a salvo de los dogmatismos. Fanático de nada, el Erudito es una suerte de agnóstico melancólico de la sensación de seguridad que suele conferir la fe. Cuando es interrogado acerca de su religión aduce que casi siempre adhiere a ninguna aunque esporádicamente a todas. Pareciera que este particular sincretismo le viene dado más por haber leído al filósofo y psicoanalista renegado Erich Fromm acerca de la necesidad religiosa del hombre más que por creencia genuina en alguna. Pareciera que el Erudito, al modo de Comte, se dio a la tarea de construir su propia religión pero sin endiosar tampoco a la razón.
El método de invesigación del erudito es asistemático y su producción intencionalmente ecléctica. Y aunque por honestidad intelectual y principios éticos profesionales tiende a defender la coherencia y a diferenciar eclecticismo de caos, con los años y sus experiencias existenciales que cobraron nuevo sentido a partir de incursionar en la teoría del caos, le fue perdiendo el miedo al devenir más o menos azaroso de sus elucubraciones y a volverse más tolerante con la humana contradicción.
El Erudito es básicamente un ermitaño que sólo interactúa con sus libros, sus reflexiones, sus textos y ocasionalmente con algunos humanos. Por ejemplo, de vez en cuando responde a alguna pregunta de sus alumnos. Porque a diferencia de la didáctica participativa y supuestamente democrática postulada por la Profesora Ciencias de la E., el Erudito imparte cátedra. Y si, en ocasiones, predica. Y lo hace porque puede. Y como es de esperar despierta ambivalencia; sus alumnos lo admiran y lo detestan. Su fama de genio loco lo ampara y su profunda comprensión de la impredecible naturaleza humana lo autoriza y avala. Y aunque sus clases suelen ser amenas, ocurrentes y en ocasiones hasta divertidas, el Erudito impone una respetuosa distancia. Siendo consciente de que su seriedad impone cierto temor reverencial, valora la autenticidad de quienes le dirigen la palabra y por piedad ignora a sus aduladores.
Ciclotímico y obsesivo como es, la duda es su motor inmóvil que al modo del dios aristotélico mueve y remueve a quienes entran en contacto con él, sin ser sustancialmente movido. Víctima de la paradoja de la duda, se debate permanentemente entre la búsqueda y la parálisis. Duda que excepto leer, pensar, escribir e impartir cátedra no le permite hacer mucho más. Pero de la cual, no obstante se declara su acérrimo defensor en tanto considera que lo pone a salvo de los dogmatismos. Fanático de nada, el Erudito es una suerte de agnóstico melancólico de la sensación de seguridad que suele conferir la fe. Cuando es interrogado acerca de su religión aduce que casi siempre adhiere a ninguna aunque esporádicamente a todas. Pareciera que este particular sincretismo le viene dado más por haber leído al filósofo y psicoanalista renegado Erich Fromm acerca de la necesidad religiosa del hombre más que por creencia genuina en alguna. Pareciera que el Erudito, al modo de Comte, se dio a la tarea de construir su propia religión pero sin endiosar tampoco a la razón.
El método de invesigación del erudito es asistemático y su producción intencionalmente ecléctica. Y aunque por honestidad intelectual y principios éticos profesionales tiende a defender la coherencia y a diferenciar eclecticismo de caos, con los años y sus experiencias existenciales que cobraron nuevo sentido a partir de incursionar en la teoría del caos, le fue perdiendo el miedo al devenir más o menos azaroso de sus elucubraciones y a volverse más tolerante con la humana contradicción.
El Erudito es básicamente un ermitaño que sólo interactúa con sus libros, sus reflexiones, sus textos y ocasionalmente con algunos humanos. Por ejemplo, de vez en cuando responde a alguna pregunta de sus alumnos. Porque a diferencia de la didáctica participativa y supuestamente democrática postulada por la Profesora Ciencias de la E., el Erudito imparte cátedra. Y si, en ocasiones, predica. Y lo hace porque puede. Y como es de esperar despierta ambivalencia; sus alumnos lo admiran y lo detestan. Su fama de genio loco lo ampara y su profunda comprensión de la impredecible naturaleza humana lo autoriza y avala. Y aunque sus clases suelen ser amenas, ocurrentes y en ocasiones hasta divertidas, el Erudito impone una respetuosa distancia. Siendo consciente de que su seriedad impone cierto temor reverencial, valora la autenticidad de quienes le dirigen la palabra y por piedad ignora a sus aduladores.
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