5.11.09

06.11.2009

El pasado 3 de noviembre partió Claude Lèvi Strauss, que nos hizo compañía un siglo durante el cual se convirtió en uno de los grandes arquitectos del edificio del saber humano.

Por eso dedico estas sobrias palabras a todos los hombres avocados como él a la construcción del conocimiento: la creación de la gran obra colectiva de la humanidad.

Estudioso y admirador de los otrora concebidos como “pueblos primitivos”, Lèvi Strauss fue un pionero como investigador social y académico al afirmar que “Son estas sociedades las autoras del milagro de permanecer miles de años en equilibrio con su habitat”, desbaratando el mito progresista de la ciencia moderna. Y de mitos conocía. Interpretó más de 800, a partir de cuyo análisis postuló que las diferentes culturas de los seres humanos, sus conductas, esquemas lingüísticos y mitologías revelan la existencia de patrones comunes a toda la vida humana. Los 4 tomos de sus Mitológicas constituyen una de las obras más decisivas y originales de la antropología contemporánea.

También en su bestseller Tristes trópicos, publicado en tiempos de descolonización, apostó a la revalorización de los llamados “pueblos primitivos”, desmitificando la superioridad etnocéntrica de las supuestas “civilizaciones avanzadas”

“Ser humano significa (…) pertenecer a una clase, a una sociedad, a un país, a un continente y una civilización; y para nosotros los moradores europeos, la aventura desarrollada en el corazón del Nuevo Mundo significa en primer lugar que no era nuestro mundo y que tenemos responsabilidades en el crimen de su destrucción”, escribió Lèvi Strauss, quien además afirmó: “Nada se parece más al pensamiento mítico que la ideología política.” Yo pienso, sin embargo, que los mitos son más inocentes, ya que las políticas de las naciones desarrolladas son responsables de las grandes amenazas que acosan por estos tiempos a la raza humana.

Hay gente que consciente de esto, no se siente a gusto con el proceder o el padecer de su sociedad, lástima que no todos pueden dedicarse a ser etnólogos. El estudio de las sociedades modernas, puede resultar útil en la medida en que cada vez son más los grupos que la componen. La diversidad aumenta en cantidad y en cualidad; los grupos relegados ya no son tan homogéneos, ni siquiera lo son los grupos de poder; las migraciones influyen de manera inusitada en la historia de la humanidad por ser tan fluidas e incluso hay grupos que en menos de un siglo han desaparecido por su oficio y surgido otros. Tal vez la etnografía urbana tenga cosas que decir, aunque claro está, no todo.

La formación filosófica del maestro de la antropología social lo tornó consciente de que “La ciencia sola no es capaz de responder todas las preguntas y, pese a su desarrollo, jamás lo será.” Y que “El sabio no es el hombre que proporciona las respuestas verdaderas sino el que formula las preguntas acertadas.”

Su estudio de campo, su experiencia de los años dedicados a conocer la cultura y estilos de vida de las comunidades indígenas del Mato Grosso y la Amazonia, le enseñaron que no existen análisis objetivos. Hoy asumimos con naturalidad que tampoco existe la información, ni el periodismo objetivo, ni nada que se quiera disfrazar de tal. Sencillamente porque la objetividad también es un mito y la mejor aproximación a ella es la de reconocer la influencia de la propia subjetividad. Nuestros deseos, nuestro bagaje, nuestros prejuicios conducen la mirada hacia nuestros objetivos.

Este hombre discreto jamás presumió responder los considerados interrogantes fundamentales de la existencia humana.

El antropólogo francés, que conjugó creativamente su formación de base como etnólogo y filósofo, a decir verdad, no daba demasiada importancia a la búsqueda del sentido de la vida. “Estoy fuertemente convencido de que la vida no tiene sentido”, reconoció honestamente el hombre que dedicó su vida a la comprensión del hombre postulando patrones comunes a toda la especie humana. Respecto al sentido prefiero pensar que quizá no exista ninguno por descubrir pero muchos por crear.

Toda su vida estudió los mitos, las creencias, las religiones, y si bien reconoció en lo personal no haber experimentado jamás sentimiento religioso, ni adhesión a la fe de las grandes religiones también admitió su simpatía por cultos orientales.

“El único sentimiento de lo sagrado que puedo tener, o que puede acercársele, es que el que siento por el espectáculo de las especies animales y vegetales, de la diversidad, de la complejidad del mundo (…)”, afirmó.

Fue consciente de las riquezas, las grandezas y las limitaciones de lo humano y formuló interrogantes que cuestionaron y reformularon las concepciones aceptadas, particularmente las referidas a las nociones de “raza”, “cultura” y “evolución”, propiciando desde hace décadas la aceptación de la diversidad cultural como un factor esencial de la cohesión social y de la paz; aporte que en el contexto de la globalización cobra cada vez más relevancia.

Gracias al estudioso francés sabemos que no existen culturas superiores a otras, que la riqueza de la humanidad reside en la diversidad y que más allá de las apariencias, en el fondo, somos todos muy parecidos.












Claude Lévi-Strauss (Bruselas, 28 de noviembre de 1908 – París, 30 de octubre de 2009)

No hay comentarios:

Publicar un comentario